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jueves, 11 de febrero de 2021

La nevera y la memoria culinaria

 

A veces no nos damos cuenta de cómo la nevera cambió nuestra relación con la comida y el acto de comer. En 1949, sólo el 11% de las familias puertorriqueñas tenían refrigerador. Incluso entre las familias más ricas -las que tenían un ingreso bruto de más de $2,000 anuales- la cifra era 71%.[1] Es decir, la mayoría tenía que comer los productos “frescos”, en su temporada de cosecha, o al cabo de unas horas después de comprados en la Plaza del Mercado, en el carretón del revendón, o en la carnicería.  De no ser así, se descomponían del todo. Así que para paliar esto y tener comida por más días, la preservación y conservación por diferentes métodos fueron las alternativas más sensatas.

Las frutas, por ejemplo, se conservaban en azúcar. En el siglo XVII, se decía que “de las calabazas, batatas y otras muchas frutas que lleva el campo hacen muy buenas conservas, porque no les duele el azúcar”. De ahí nuestra rica culinaria de frutas almibaradas, pasta de batata abrillantada, casquitos de guayaba y dulce de naranja agria, por ejemplo. Si estaban “pasaos”, como en el caso de los plátanos bien maduros, se les quitaba la cáscara, se aporreaban y se ponían en una olla de barro con agua. Luego se tapaba con un lienzo hasta que fermentara. Al cabo de unas semanas se obtenía el vinagre de plátano que recomendaban los recetarios caribeños del siglo XIX [2].

Las carnes, especialmente los mejores cortes de carne de cerdo se freían y se preservaban en sal y manteca. Si se hacía de este modo, los manuales de cocina del siglo XIX estimaban en 30 días el tiempo de conservación de la carne de puerco de corral. De ahí nuestros chicharrones de carne frita, el tocino, los embutidos y los tasajos.

Los escabeches también fueron formas de conservación. De ahí nuestra cuaresmal sierra en escabeche, y nuestros festivos guineítos escabechados.  Las legumbres (habichuelas y gandules), se dejaban secar dentro de su propia vaina; y las mazorcas de maíz se oreaban al descampado para secar sus granos, molerlos, y reservar harina para funches generosos, panes mañaneros y majaretes festivos.

Al cuajar con limón los excedentes de leche se hacían quesos frescos, y su período de durabilidad aumentaba si se ponían en salmuera, que fue otra técnica muy usual. Agriando la nata de la leche y emulsionándola, y añadiéndole suficiente sal, se hacía mantequilla, que duraba sin corromperse por lo menos diez días si se dejaba en su propio recipiente y se ponía en un lugar fresco. De esa cercanía a la sal marina caborrojeña nació la famosa mantequilla de Cabo Rojo.   

Foto: Archivo fotográfico
Servicio de Extensión Agrícola UPR
(1961)
Por muchos factores, estas prácticas culinarias, que se transmitieron por la memoria y la imitación, fueron quedándose atrás, de forma lenta pero sostenida, entre 1950 y 1970.  Una de los más determinantes en el proceso fue la adquisición del refrigerador eléctrico. En Puerto Rico, esto ocurrió al mismo tiempo en que se electrificaba el país, en el que que avanzaba la gran industria de alimentos embotellados y congelados luego de la Segunda Guerra Mundial, y empezaban a establecerse, a partir de 1955, los primeros supermercados.  De esta forma, si en 1954 se adquirían en Puerto Rico 23, 910 refrigeradores- sin incluir las unidades de ‘freezers’ y los refrigeradores de mostrador-, hacia 1963 se adquirían 56,000; y en 1970 la cifra se elevaba a 65,843. [3]

Foto: Archivo fotográfico
Servicio de Extensión Agrícola UPR
(1961)

Claro, el refrigerador trajo beneficios sin precedentes: hizo que dejáramos atrás tareas pesadas y fastidiosas- que en la mayoría de los casos recaían sobre las mujeres-; nos permitió mejor higiene alimentaria y aumentó el tiempo de caducidad de la carne fresca y los lácteos. Igual, la nevera prolongó la vida comestible de los vegetales, la frutas y las hortalizas. 
Y del mismo modo hizo más confortable la rutina de compra y el abastecimiento de comida, y nos permitió más variedad, aportando a la dieta nutrientes imprescindibles y comida de otras latitudes. 
Si bien es cierto que los beneficios no ocurrieron de forma monolítica, adquirir el refrigerador, eventualmente, hizo que muchas familias puertorriqueñas experimentaran también la modernidad y el progreso. Pero el deslumbramiento de la novedad  no nos dejó ver cosas que dejaríamos atrás, muchas de las cuales estaban unidas a nuestras sabidurías culinarias y alimentarias.

 ¡Y que quede claro! Los beneficios no erosionaron nuestro gusto por alimentos y confecciones que le habían otorgado a la culinaria puertorriqueña, desde mucho tiempo antes, personalidad, estilo y distinción. Por eso, y como animales de hábitos y rutinas aprendidas, poco a poco empezamos a rellenar la nevera de tocino, de potes de jaleas y pastas procesadas, de piezas más grandes de bacalao salado, tasajos y cortes de cerdo y res; de habichuelas y gandules enlatados, de vegetales congelados y agroindustriales marca Birds Eye, de quesos y mantequilla marca Brookfield, de oleo margarina Parkay, de manteca Crisco y de ‘muffins’ Sara Lee.

 Pero también hay que destacar lo siguiente: poco a poco, el progreso alimentario de la modernización hizo que nuestra memoria culinaria arrinconara aquellas ingeniosas formas de observación y conservación de lo natural. Así, se nos quedó atrás la costumbre de vigilar los frutos desde la siembra de las semillas, pasando por la germinación de la planta  y la cosecha de su fruto, algo que nos servía para marcar las fases lunares o percibir el paso del tiempo y las estaciones del año. También se nos olvidaron los significados rituales de la matanza del cerdo, y el obsequio y redistribución de su carne en la comunidad.

 Algo similar ocurrió con la práctica de aprovechar los excedentes para transformarlos y tener comida en tiempos difíciles. Con el deslumbramiento causado por este moderno electrodoméstico fuimos prefiriendo el sabor de azúcares sintéticos en panes y bizcochos, y se nos olvidó el olor dulzón natural del pan de maíz acabado de hornear con la harina que almacenábamos en casa. Los alimentos de conveniencia, empacados y duraderos, nos erosionaron poco a poco técnicas y rutinas de conservación que se habían mantenido por siglos, y que en algún tiempo remoto habíamos descubierto por necesidad, o por ensayo y error.  

 Hoy día hay productores y productoras, pescadores y pescadoras, cocineros y cocineras, organizaciones comunitarias, activistas agroambientales y comensales que quieren regresar y regenerar esas formas con modelos nuevos de educación agroempresarial, módulos de producción sostenible, distribución y justo precio.

Y esa visión, que no nostálgica, es un compromiso con la sociedad puertorriqueña del provenir.  Es resultado de una afirmación de que el sistema alimentario colonial y convencional funciona a medias, y hay que volver a atarlo a lo que el memorable antropólogo Sidney Mintz llamó “la rica textura de la vida social diaria que interactúa y sostiene la producción, el procesamiento de alimentos, la distribución local y el consumo de comida buena.”[4]  Cada vez más, una generación de jóvenes productores, agro empresarios, educadores agrícolas, agrónomos, pequeños agricultores y muchos más, saben que esto es lo que hace falta, y esto lo están haciendo.

 



[1] Lydia Roberts y Rosa Luisa Stefani, Patterns of Living of Puerto Rican Families, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1949, 411 pp. p. 305.

[2] Eugenio de Coloma y Garcés, Manual del Cocinero Cubano, La Habana, Imprenta de Spencer y Cía., 1856, 308 pp. Para esta pieza utilizo la edición facsímil de la segunda edición del Manual (1857), publicada por la Editorial Oriente en La Habana en 2017), p. 96. También, El cocinero puertorriqueño, San Juan, Imprenta de Acosta, 1859, 352 pp. p. 75.

[3] Junta de Planificación de Puerto Rico, External Trade Statistics, 1954-55, 1963-64, 1969-70.

[4] Sidney Mintz, “Food at Moderate Speeds”; en: Richard Wilk ed., Fast Food/Slow Food, Altamira Press, 2006, 268 pp. pp. 3-12, p. 8.



martes, 24 de diciembre de 2019

¿Cuándo apareció la primera receta de arroz con dulce?


Dita con arroz El velorio F. Oller 1893

La primera receta de arroz con dulce que se llevó a la página escrita apareció en 1859, en el manual anónimo titulado El cocinero puertorriqueño, que es, posiblemente, una copia “puertorriqueñizada” de El cocinero cubano de 1856.
En El cocinero puertorriqueño, reimpreso tres veces en siglo XIX, la receta fue llamada “arroz con coco”, y no “arroz con dulce”, aun cuando los ingredientes fueran los mismos - a excepción del jengibre-, de los que normalmente se emplean hoy. El anónimo cocinero sugería la añadidura de cáscara de limón verde, en vez de jengibre, como acostumbran hoy las cocineras más antiguas. Sea como sea, la confección era elaborada entonces, al igual que hoy, para ocasiones festivas. Manuel Alonso la refiere(con coco, por cierto) como una que no faltó cuando describió la escena del banquete en su poema Un casamiento jíbaro en 1849. En su Carnaval de las Antillas (1882), Luis Bonafoux Quintero la utilizó para recrear la escena de un baile en que un joven criollo galantea a una muchacha - al final de una danza -, ofreciéndole, además de pasteles y majarete, arroz con coco. Cierto es que a la larga el nombre que prevaleció en los recetarios de principios de siglo XX fue el de arroz con dulce.
El arroz con coco es sólo una de las parientes de la familia de los arroces dulces y húmedos que las cocineras domésticas del país practicaron por años. Los libros de cocina más antiguos de Puerto Rico reproducen el “manjar blanco criollo”, por ejemplo, hecho con harina de arroz remojada en leche, endulzada ésta con azúcar aromatizada con gotitas de agua de azahar. El manjar blanco criollo vuelve a la página escrita en 1948, en el raro recetario The Puerto Rican Cookbook, compilado por la norteamericana Elizabeth Bellows Dooley. Este postre, que ya es una pieza arqueológica en la culinaria dulce del país, debió haberse originado del clásico manjar blanco de las culinarias mediterráneas, hecho con leche de almendras, y aparecido en los manuales de cocina europeos desde la Edad Media.
Otra confección hermana, muy parecida al manjar blanco, (y que a veces aparece en las recetas de los paquetes de harina de arroz marca Maga y Goya), fue el llamado “majarete”. A éste se le añadía manteca de cerdo para darle más consistencia a la papilla y se perfumaba con raspadura de limón u hojas de renuevo de naranjo. Una versión más popular del majarete se hará con harina de maíz. El majarete de arroz se reproduce en los clásicos de la década del 50, Cocine a Gusto, de Berta Cabanillas y Carmen Ginorio (1950); y en Cocina Criolla, de Carmen Aboy de Valdejully (1954).
El arroz con dulce hoy se afilia esencialmente con la temporada navideña, pero al igual que otros arroces dulces su culinaria debió estar asociada al deseo de obsequiar en otras épocas del año y en festividades familiares y comunitarias que simbolizaban la alegría de vivir, como las bodas, los bautizos, el carnaval, y claro la Nochebuena y la Fiesta de los Santos Reyes.
El  arroz con dulce- o arroz con coco, como quieran-,es el que más ha perdurado de la culinaria mestiza de los arroces azucarados de que he hablado arriba.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Las 10 cosas que la comida navideña fast nos puede secuestrar


La tecnología culinaria (el procesador de alimentos, el congelador, la estufa eléctrica, la batidora, los enlatados, la transportación y un largo etcétera), fue tremendamente importante en la historia de la cocina navideña puertorriqueña después de la Segunda Guerra Mundial (1942-1945), pues redujo tiempo, espacio y esfuerzos a la hora de confeccionar el complejo repertorio por todos conocido.Cierto, tiempo, espacio y esfuerzos eran, previo a la modernización, “coacciones” a la hora de querer cocinar para  Navidad.

Pero sepan que esas “coacciones”, en su momento, fueron “retos” antes que “imposibilidades”. Retos estos que dieron paso, en algún remoto momento de la historia culinaria boricua, a ingeniosas prácticas de cocina y a solidarios juntes familiares.  Hoy, al comenzar la primera década del milenio, las tecnologías culinarias de la pos-modernización y las comidas navideñas tipo “convenience”, van provocado la erosión de aquellas ingeniosas destrezas y de aquellos cimientos solidarios.  Ellos se han convertido en figuras nostálgicas de un pasado que muchos – y me incluyo- queremos reinventar.
Sólo pensemos en las siguientes:
1.       La hoja de plátano como tapa del caldero de Arroz Con Gandules y Carne de Cerdo.
2.       La “achiotera” de lata para colar la “manteca de achiote” para bruñir de color rojizo el arroz -que demás está decir quedaría “apastela`o” por el aroma de la hoja tapadera-.
3.       Descascarillar, cribar, seleccionar, enjuagar, secar y moler el arroz criollo para un “Manjar Blanco”.
4.       Seleccionar las mazorcas de maíz “tiernas”, para guayarlas sobre un tazón, dejar el residuo en remojo y luego exprimir con un paño - a puño y muñeca- la “leche de maíz” o almidón para un “Majarete de Maíz” o un “Mundo Nuevo”.
5.       Raspar los bordes de las calderas de los ingenios azucareros para coger “raspadura” – o muy bien, comprarla como azúcar barata, sin “refinar”, que era la cara, en el ventorrillo rural- para endulzar -y ¡broncear! - un Arroz con Coco (o “con dulce” como le llaman muchos, aunque yo siempre voy al primero).
6.       Seleccionar el coco seco- ¡mucha agudeza heeeej, pues debe tener por lo menos mitad de agua! -; romperlo con un golpe en el punto preciso, sacar la pulpa, guayar la pulpa, prensar la pulpa en paño- otra vez, a puño y muñeca-, para sacar la leche para un Tembleque o un Arroz con Coco.
7.       Hacer lo mismo ¡CERO COCO LÓPEZ! - para verterle al pitorro y endulzarlo con canela y “melao de caña” para un hacer “coquito”. ¡Y ojo, no era tan blanco ni tan dulce como lo es ahora con las leches industriales: condensada, evaporada y la de coco enlatada!
8.       Matar un puerco, abrirlo, limpiarlo, adobarlo, lavar las tripas, hervir la sangre, embutir morcillas – sin arroz y con ají picante please-, cantear de un machetazo exacto las carnes para freír chicharrones, buscar la vara pa “envarar” y hacer horquillas, preparara gandinga….
9.       Reunir a vecinos y a parientes del otro la`o del charco a hacer pasteles: tú cortas las hojas de plátano y el hollejo de la mata para usarlo como amarre; aquella amortigua sobre el vapor del agua o el humo de la leña, y que  corte en tamaños de 12 pulgadas cuadradas; el chiquitín saca las semillas del achiote; aquella en el pilón para el sofrito, el otro corta tocino y cantea a machete las masitas de cerdo…. y un sinfín de otras tareas que abrían los canales para la comunicación verbal, la memoria, el aprendizaje del gusto, y la solidaridad familiar.  
10.   Sentarse en los peldaños de la escalera del balcón con mami, abuela y los vecinos a desgranar- además de recuerdos de fiestas pasadas y viejos romances de Reyes- las vainas de los gandules para  el sopón que nos comeríamos, como dice el aguinaldo…A las dos de la mañana……

El connotado antropólogo Sidney Mintz (1922-2015), caribeñista y especialista en la antropología de la alimentación, un poco antes de morir escribió las líneas que copio abajo en un ensayo que tituló Food at Moderate Speeds (2006).[1]

 "Hay motivos para una creciente convicción de que tales avances eventualmente destruirán el sabor local y la cocina, en lugar de sostenerlo o mejorarlo, estableciendo primero, y luego manteniendo, lo que puede convertirse, en efecto, en una línea de base global de mediocridad. Por lo general implica, con el tiempo, la eliminación de la producción local, y entre las razones dadas para hacerlo son la conveniencia, el ahorro de tiempo, la reducción del trabajo manual y "convertirse en moderno".

Al comenzar la segunda década del milenio, yo quiero reinventar ese pasado. ¿Y tú?



[1] Sidney Mintz, en: Richard Wilk. Fast Food/Slow Food: The Cultural Economy of the Global
Food System,2006.


viernes, 22 de febrero de 2013

Lost in translation en arroz y habichuelas


Cuando recibí la noticia de que Puerto Rico en la olla había sido aceptado para traducción, lo festejé con mi esposa y unas cuantas copas de espumoso. Hoy miro el momento y caigo en la cuenta de lo cerca que estuve de escribir otro libro. En este caso en inglés. 
Arroz con habichuelas , Osiris Delgado, 1965
Buena parte de los días que corrieron entre fines del  2011 y todo el 2012 los pasé redactando clarificaciones que me pidió el traductor sobre términos culinarios coloquiales y culturalmente específicos (apastela`o,  amogolla`o), modismos relacionados a los alimentos ( arroz que carne hay, te conozco bacalao aunque vengas disfraza`o), nombres de confecciones de nuestra culinaria dulce (majarete, cazuela), platos de nomenclatura africana que se preparan, para usar un símil de Rafa Lovera, con productos “eslabones” de las culturas culinarias caribeñas (ngfungi, funchi, funche, fufu o mofongo)[1], la poesis con que había escrito- intencionadamente- los actos culinarios domésticos, las interpretaciones de posibles significados adscritos los productos (plátano macho, matahambre, malango), y hasta visiones teóricas sobre el acto de cocinar/comer, entre otras.
Confieso que al principio me entró un sentimiento de frustración que clasifiqué de indómito. Lo ocasionó  el efecto del espejo roto. Es decir, tener una primera impresión de mirarme y no reconocerme en unas páginas que reflejaban una lengua y una semántica distintas, que devolvían a mis ojos miles de palabras  escritas con una intención y  con  significados perfectamente conocidos, y que aparecían ahora construidas en inglés de otra forma, viviendo en el cuerpo de oraciones nuevas, páginas desiguales y sentidos disímiles. Dicho de otro modo, se rompió de golpe la imagen mental que me había hecho del texto y sus significados, la que me había acostumbrado a ver hasta que revisé por última vez el manuscrito que publiqué en el vernáculo.
A lo hecho pecho, me dije, y me puse a revisar los capítulos traducidos y a redactar las clarificaciones solicitadas por un redactor sin rostro. A tropezones, a mitad de la tarea, me di cuenta que había dominado la desilusión y me divertía.  ¿Habrá sido porque me sentía dominante ante un traductor profesional pero extremadamente honesto con sus dudas léxicas?
 Acabé exactamente el día 13 de febrero del 2013. Entonces pensé otra cosa. Si podría librarme del Síndrome de Diógenes, nombre de una patología contemporánea que tiene como uno de sus síntomas el coleccionismo de objetos en desuso. Aunque en el fondo ésa señal nada tiene que ver con la conducta moral del memorable cínico de Sinope, decidí poner las clarificaciones al traductor en mi computadora, la nueva casa electrónica donde los historiadores continuamos acumulando palabras dichas.
De todas- ¡y fueron muchas ¡-hoy quiero compartir con 80grados cuatro de ellas, aquéllas con la que más me divertí. Por cuestión de orden, copio textualmente, primero la solicitud de clarificación del traductor, seguida luego de mi explicación. Los errores en el difícil son de mi cuenta. Las clarificaciones, por supuesto, están abiertas a críticas, comentarios y anécdotas.
Comienzo con  la turbación del traductor ocasionada por una metáfora empleada por Miguel Meléndez Muñoz al usar el puertorriqueñismo “aplatanarse” para significar, con ironía, el proceso de aculturación de los inmigrantes españoles.[2]
Traductor: - “Chapter Five, Viandas, page 197, paragraph 1, in the quote from Miguel Meléndez Muñoz:  pielden el colol [sic]…” Is this colloquial speech for “pierden el color” (ie., they lose their pale skin color and get bronzed by the sun)
Cruz: - “Well, not exactly. It’s a metaphor to signify the common arrogant Spanish immigrant who began his life in the Island as a full Spanish, and then fell in love with the exuberant landscape and the tropical/colonial way of life.  Then acquainted a “mulata” and married her. In a figurative language, he loses his native superior arrogance (“pierde el color pálido) (white skinned colored). Its not referring to him being bronzed, as a sun tan.”
   Sigo con el adjetivo amarran, usado en nuestro lenguaje culinario coloquial para designar el sabor astringente de un alimento, normalmente de naturaleza vegetal.
Traductor: - “Chapter Five, page 212, paragraph 3, line 4: “…y amarran,”. I am not entirely sure of the meaning of amarran here?”
Cruz: - “In Puerto Rican colloquial culinary language, “amarran” is a form used to signify the experience of a dry/sour, astringent  palatal sensation, usually expressed when any “vianda” has an unexpected , disgusting flavor. Is derived from the noun “amarra”, “to tie”, “to tie up” which in fact is the sensation felt in the mouth”.
 El otro es el modismo “para que se pierda que me haga daño”, usado en el texto original para ilustrar la práctica antigua – hoy entendida como glotonería-de hartarse para aprovechar ése único momento de abundancia, siempre, ojo, en un contexto histórico de inseguridad alimentaria, de “miedo al hambre” para usar  una frase genial de Massimo Montanari.[3]
         Traductor: - “Chapter Seven, p. 286, paragraph 3, last 2 lines: the saying “para que se pierda, que    me haga daño.  I am a little uncertain about this expression.  Could you give me a rough translation, or explain it in Spanish. Thanks.
Cruz:- “It means leftovers that an eater decides to gulp although his belly is already full. It is also used when foods have fall down to the floor from the table, and the eater decides to pick it up and eat it, no matter what civility norms rule on the table, or the floor is dirty. It is an attitude developed in the past/pre-industrial times by poor people or people suffering from food insecurity or chronic hunger, hence the invention of the colloquial saying. My best translation is: “If it is going to waste, better to be in my belly”.
Por último, la clarificación de la frase que me llevó a escribir esta pieza: “que ha comido un matrimonio”

Traductor: -“Chapter Two, Beans, p. 106, paragraph 2, line 2: “…que ha comido un matrimonio…” in the context of the preceding paragraph about the Sello Rojo comercial,  it seems make sense to translate this literally as “anyone who has eaten “a marriage…”   Ok?”  
Cruz:- “No. In the context of our eating practices, to eat rice  with beans became so inextricably linked that it turned to signify the moral –although very fragile and very often unaccomplished-  compromise of a an everlasting marriage (“un matrimonio”). That’s why the Sello Rojo`s ad I mention is important. Both characters- cartoons in fact- where crated as to represent a couple ( a grain of white  rice as a male/ a red kidney bean as a female) that finally got married, with the everlasting compromise of  being inseparable as a well carried engagement promises. To best clarify, let`s imagine the following story.
   Suppose you take a seat in a Puerto Rican “fonda” (commonly a family owned small restaurant – plastic table cloth, no luxuries, civil servants/ service workers/ muscle and sweat workers/ middle class professionals as their regulars-. Five minutes pass.Then you see an eater take a seat next to your table. At the time, you haven’t been addressed by the waiter – who possibly decides to attend  the new customer first,  not so much because he worries about your Spanish speaking abilities, but because he don’t speak English at all. But you happen to listen to the eater selections, which you have read already from a menu that is chalked written in a card board somewhere inside. You take into account that menu is composed/organized as follows:[4] (1) Not too often, but in this case, a first or appetizer. If it happens, is usually a chicken soup, or a cream of tubers or green plantain, and fritters for example. (2) An entrée that plays the role of the main course (i.e. meat, chicken, fish, dry codfish, a canned corned beef, or a canned Vienna sausages concoction). Very often eaters go to the entrée directly.  (3) Finally, a sweet (flan, tembleque, preserved papaya, or a slab of pasta de guayaba with slices of creole cheese for example).Then, at the end of the board, you see the word “acompañantes”, and under,
1.       arroz y habichuelas
2.        papas fritas
3.       tostones
4.        viandas
5.       arroz guisado,
6.       coditos ( a new comer “acompañante”,  a sort of macaroni salad ( chopped onion, red/green pepper, capers, apple, boiled eggs and mayo).
  As the waiter approaches the eater next to you, you hear he orders “pollo guisado” (stewed chicken, also called fricasé de pollo). And the waiter immediately asks the eater, “¿Con qué lo quiere?” (What would you like as “acompañate?”). The eater readily responds “matrimonio”. Although it happens you do not have a definition for “matrimonio” ( because you haven`t seen the dish in the chalked menu, the waiter does not need an explanation; he straight away knows is “arroz con habichuelas”.But, for your embarrassment, an additional five minutes pass, and you are still unattended when the eater next by your side is served. 
You glance at his first eating gestures, and you observe, then, that his main course is served in a single serving plate, the chicken as the center, the white rice in a side of the dish (lots of rice) and a salad ( lettuce and tomatoes more than frequently). You also happen to see the stewed beans are served in a separate bowl, as an apparent side dish, as to be eaten by spoonful.
But. Hold! The eater then grabs the bowl, and pours the beans (broth, pumpkins, ham and all) over the white rice. And, for your surprise, just before having the first bite of food, the eater takes the fork and mix [5]the rice and beans all together. At this moment, rice and beans have engaged, have “married”, they have become a “matrimonio”.  Finally, twenty minutes later, you are attended by another waiter, who happens to speak, not English, but “spanglish”.Now days the metaphor is eroding, especially among adolescents, young adults and some baby boomers also.”

 !Buen provecho!
      


[1] R. Lovera, Historia de la alimentación en Venezuela, Monte Ávila Editores, 1988.
[2] M. M. Muñoz, “Tirijala,” en: Cuentos del cedro, San Juan, 1959.
[3] M. Montanari, El hambre y la abundancia: historia y cultura de la alimentación en Europa, Barcelona, Grijalbo, trad. del italiano de Juan Vivanco, 1993; y  La comida como cultura, Trea Editores, 2009.
[4] Of course, it is not always that way.
[5] That’s why we also name the concoction a “mixta”, but this colloquial culinary slang is commonly used when rice and beans are eaten with stewed beef.

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