Puerto Rico ha venido a nombrarse la capital gastronómica del Caribe. Pero ¿es la capital de sólo una gastronomía, o es la capital de varias gastronomías? Los bocados que comemos ¿tienen una única significación? En medio de las paradojas de la abundancia ¿cómo los resignifica la memoria del paladar? De ello y de mucho más de la cultura alimentaria embocaremos en este blog.
Mostrando entradas con la etiqueta cocina puertorriqueña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cocina puertorriqueña. Mostrar todas las entradas
martes, 29 de septiembre de 2020
jueves, 12 de enero de 2017
Carne Mechá
Er Beti, en el gaditano Puerto de
Santa María, es el bar que se precia de mechar la mejor carne, no sólo en Cádiz, sino en toda
Andalucía.
Pepe Garrido, su patrón,no la sirve como plato central, sino como tapa. De éso se trata en Er Beti. Además ofrece lengua, garbanzada, albóndigas, magro con tomate, judiones con chorizo y menudo.Todos los días, a partir de las doce, empieza a llenarse de parroquianos portuenses que optan por una pausa de los pescaítos fritos y los mariscos, tan cotidianos – y tan frescos- en las ingestas de este municipio marinero.
Pepe Garrido, su patrón,no la sirve como plato central, sino como tapa. De éso se trata en Er Beti. Además ofrece lengua, garbanzada, albóndigas, magro con tomate, judiones con chorizo y menudo.Todos los días, a partir de las doce, empieza a llenarse de parroquianos portuenses que optan por una pausa de los pescaítos fritos y los mariscos, tan cotidianos – y tan frescos- en las ingestas de este municipio marinero.
![]() |
| Carne Mechada de Er Beti Foto Susana E. Nov. de 2016 |
Pero la mechá de Er Beti (con la andaluza pérdida de consonantes finales), es diferente a como la hacemos en Puerto Rico.
La palabra mecha
tiene 9 entradas en el Diccionario de la Real Academia Española. La sexta dice:
‘lonjilla de tocino para mechar aves,
carne, y otras cosas.’ Por su parte, la entrada para el verbo mechar
es la siguiente: ‘introducir mechas de tocino gordo en la carne de las aves o
de otras viandas [entiéndase carnes] que se han de asar o empanar.’ La función
es evidente: engrasar- y ciertamente sazonar-, el interior de un corte de carne
que es, en esencia, seco. Los manuales culinarios puertorriqueños que copian la
receta se atienen a esta definición.
Pero en Er Beti,
por el contrario, la carne no se mecha propiamente. Usan lo que llaman manteca
colorá, grasa encarnada coloreada y sazonada con pimentón que se unta y se incorpora al
líquido de cocción – que lleva vino,
pimentón dulce, ajo, laurel,
cebolla y a varios granos de pimienta. El que la manteca se unte afuera se
debe, además, a que en vez del gansillo de res o lechón de mechar que
llamamos en Puerto Rico, en Er Beti se usa cabezada de cerdo, es decir,
la porción de carne cercana a los cachetes del animal, la que en efecto
contiene vetas de grasa. ¿Habrá sido la práctica andaluza de usar cabezada
de cerdo la que provocó que en Puerto Rico al pot roast de res - que
es el que usamos para hacer carne mechada -, se le viniera a llamar lechón...
de mechar? Es posible. Las cocinas migrantes se reescriben en contextos
ajenos.
La mechada fue por
mucho tiempo plato de puertorriqueños ricos. No sólo porque era una confección
de carne -que fue ocasional en la mesa de la mayoría desde mediados del
siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX-, sino porque era un corte de carne
de res - más cara que el cerdo- y por el vinagre, las alcaparras y las aceitunas.
La receta que copio - integra- es de 1914. Aparece en un manual de economía doméstica escrito en inglés, cuyas recetas se recopilaron para enseñar a cocinar a las niñas de escuelas públicas de Puerto Rico. Por eso la nota de que debe hacerse como parte de una clase demostrativa. El manual se inscribe en el contexto
de una ideología alimentaria que significaba a la carne – sobre todo de res-
como alimento del progreso. En el Puerto
Rico contemporáneo, isla carnívora que hoy consume alrededor de 101 libras de
carne per cápita al año (res y cerdo), la confección se ha democratizado. Plato que se cocina
habitualmente, para él cada cocinero tiene su librito, especialmente en el
mechado.
![]() |
| Carne mechada a la puertorriqueña Foto buenapetitopr.com |
CARNE MECHADA
(1914)
3 pound. roast lean beef
1/8 pound ham
1/8 pound salt pork
15 olives
1 tablespoon alcaparras
2 slices onion
4 tablespoon lard
1 tablespoon vinegar
1 1/2 cup water
DIRECTIONS
NOTE: This should be given as a demostation lesson.
.
1. Mince the ham,salt pork, olives, alcaparras and onion.
2. Wipe the outside of the roast with a clean damp cloth.
3. Make incisions by sticking the blade of the carving knife straight into the roast one and one half inches.
4. Fill the small cuts with minced mixture. Make five or six incisions.
5. Heat the lard in a large saucepan or iron kettle. When hot add the vinegar.
6. Lay in the roast and keep turning until brown on all sides.
7. Add 1 1/2 cups of water.Cover closely and cook by steaming. Turn the meat occasionally. If the water evaporates before the meat is done, more should be added.
8. Wash and peel six medium-sized potatoes.
9. After the meat has cooked fifteen minutes,lay them in the kettle to cook and brown.
10. Turn the fire low to prevent burning.
11. Cook until the meat is tender and the potatoes are done. All water should be evaporated.
12. Slice and serve with bread.
viernes, 27 de abril de 2012
Insula grasa
Por eso cuando la comemos en alguna freiduría, sabemos catarla: hablamos con soltura de las viandas que se usan en la masa con el mismo acierto con que reprochamos el exceso de achiote para colorearla. Igual calificamos si están acabaditas de hacer, o están ‘ciegas’, sin el relleno que prometen.
Pero hay tres cualidades que priman siempre en la cata y que la delimitan: la alcapurria debe tener textura aireada, cuerpo crujiente al morderla, y, al mismo tiempo, sabor con una punta de viscosidad al paladar.
En el cuerpo de la fritura y en nuestras papilas gustativas, los tres efectos los produce un cuerpo graso: la manteca de cerdo. Por eso la alcapurria, y otras muchas frituras de nuestro repertorio culinario son, por excelencia, los alimentos que la mayoría de los puertorriqueños acostumbra comer cuando dicen “tengo un bajón de grasa”.
Organolépticamente hablando, ese “bajón de grasa” no es otra cosa que la búsqueda del aroma y el sabor que produce la grasa sobre los alimentos al entrar en contacto con ellos. Como es sabido, la grasa es el vector privilegiado de los sabores. Su sabor considerablemente neutro ayuda al destaque de los condimentos de la masa y el relleno.
Como la mayoría de las culturas culinarias del planeta, la puertorriqueña tiene un gran repertorio asentado en los alimentos fritos: los sorullitos de maíz, los bacalaítos fritos, las almojábanas, las arepas, los tostones, las arañitas de plátano, los buñuelos, la batata, los granitos de arroz humacaeños, las bolitas de pescado de Rincón, la carne de cerdo y las tripitas.
Por eso, en la crónica de las costumbres alimenticias puertorriqueñas, la grasa siempre se nombra como un cuerpo que bulle en nuestras sartenes y en nuestras ollas, como algo muy apreciado, y hasta solicitado.
Nada menos se podía esperar de una cultura culinaria en la que el cerdo formaba parte importante de los animales domésticos criados para comer. Ello ha llevado a la creencia generalizada de que los puertorriqueños, históricamente, hemos comido graso.
Pero esa inclinación, esa solicitación contemporánea de la grasa, especialmente a la de cerdo ¿habrá sido una constante en nuestra historia alimentaria? Todo parece indicar que la grasa se asociaba más a la festividad, a la abundancia y a la glotonería momentánea antes que a un uso cotidiano y habitual en la cocina diaria.
La manteca de cerdo pues, parece haber sido más frecuente en la cocina doméstica en la medida en que ella se convirtió en un derivado de la producción industrial de carne de cerdo a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. De esta forma pasó a ser un elemento graso barato, accesible y sabroso que podía sustituir a los aceites vegetales más caros, como el de oliva, por ejemplo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la manteca de cerdo importada escaseó. En los mercados locales podía obtenerse la de los campesinos criadores de cerdo, o la del “mata puercos” cuando había matanza. Ella casi siempre terminaba utilizándose, en las clases más pobres, más como artículo de intercambio que como grasa de cocina.
Con el desarrollo de la industria alimentaria en el siglo XX, se hicieron más accesibles los aceites vegetales y las grasas vegetales hidrogenadas, como la famosa manteca Crisco, introducida en 1911, y la margarina. Con todo, la manteca de cerdo continuó siendo la grasa preferida en la cocina, ya porque la presencia de los aceites vegetales había abaratado el costo de la manteca de cerdo industrial, y ya porque había un principio gustativo que se había asentado en los paladares de los puertorriqueños desde que la manteca industrial se hizo disponible.
En la medida en que Puerto Rico experimentaba los primeros desarrollos de la modernización (1950-1960), y la comunidad médica publicaba estudios que vinculaban las grasas saturadas y el colesterol con los riesgos cardiacos, se popularizaron aceites vegetales como La Campana, Maizete y Mazola, que vinieron a competir con el aceite de oliva, especialmente con el Betis, introducido en la Isla en 1929.
Mientras tanto, la manteca de cerdo cobró un significado contrario a las ideas de una mejor nutrición, y se la asoció a los excesos, la cocina callejera y pobre, y las malas elecciones nutricionales.
Es por eso que su consumo desciende significativamente entre 1975 (16.2 libras per cápita), y el 1990, cuando la ingesta per cápita fue 5.3 libras. Su significado de grasa insalubre se mantiene firme todavía en los discursos médicos.
Pero con todo, la apreciamos aún en nuestros gustos y registros palatales. Por eso, el comensal que cada fin de semana decide colmar su “bajón de grasa” con una alcapurria o un bacalaíto en las freidurías de Piñones, sabe en el fondo que está infringiendo un principio de los saberes nutricionales correctos, sea rico o pobre. Igualmente sabe que entra a un territorio en el que históricamente la freiduría ha sido un medio de subsistencia para las familias pobres.
Pero lo que posiblemente no conoce a ciencia cierta es que las moléculas aromáticas más gustosas son liposolubles.
Igualmente tampoco sabe a ciencia cierta que en la medida en que nuestro organismo siente más hambre, es decir, mientras más tiempo pasa sin comer, la apetencia por alimentos grasos aumenta. No es casual por eso que el bajón que provoca nuestras excursiones a las freidurías y nuestros antojos por alimentos fritos se produce siempre en momentos de apetitos pantagruélicos, luego de horas de ayuno, luego de un baño de playa, o luego de una semana de almuerzos “light”.
Tampoco es casual que al cabo de ingerir una o dos alcapurrias experimentemos que hemos colmado el “bajón de grasa”. Esto se debe a una de las funciones de la grasa sobre nuestro organismo: la ingestión de pequeñas cantidades de grasa en nuestras comidas ayuda controlar el deseo de comer. Dicho de otra, manera, la grasa ayuda a que nuestro organismo se sienta saciado y satisfecho.
El uso contemporáneo de la grasa de cerdo en la cocina puertorriqueña ha mermado considerablemente. En el 2006 sólo se consumieron 2.6 libras per cápita. Ello se ha debido, además de su asociación con la mala salud, al giro y la popularidad de aceites vegetales aparecidos más recientemente en el mercado puertorriqueño, como el de maní, soja, canola, algodón, girasol y otros. Éstos, de no someterse a un proceso industrial de hidrogenación –cosa de solidificarlos y emplearlos para aumentar el “shelf life” de los alimentos– resultan considerablemente bajos en grasas saturadas.
Con todo creo que hay que echarle otra mirada al perfil de la manteca de cerdo. Por ejemplo, ella tiene la mitad del nivel de grasas saturadas que el aceite de palma. En 100 gramos de manteca hay 39.9 gramos de grasas saturadas, mientras que en 100 gramos de aceite de palma, hay un 81.5 gramos de grasas saturadas. Su nivel es menor que el del aceite de coco, que tiene alrededor de 86.5 gramos de grasas saturadas. Igualmente, los 39.9 gramos de grasa saturada de la manteca de cerdo es más bajo que los 51.4 gramos que tiene la mantequilla regular por cada 100 gramos de grasa
Obviamente hay aceites más saludables, como el de canola (7.1 gramos de grasas saturada por 100 gramos.); el de maíz (12.9 por cada 100 gramos.); el de maní (16.9 gramos por cada 100).
El de oliva tiene 13.8 gramos de grasa saturada por cada 100 gramos. Además tiene entre todos los aceites y grasas, el más alto nivel de grasas “monosaturadas” –o las “buenas”, como les llaman hoy (73.0gramos por cada 100 gramos). Por eso le llaman el aceite milagroso.
Pero aun la manteca “no industrial”, la derivada por la cocción paciente del tejido adiposo del tórax y el abdomen de cerdos bien cuidados, tiene 41.4 gamos de grasas mono insaturadas, lo que es bastante respetable.
Entre el 2000 y el día de hoy, las excelentes propiedades culinarias de la manteca han vuelto a descubrirse por los grandes cocineros profesionales del mundo. Los más connotados reposteros y pasteleros jóvenes se han rendido ante la incuestionable cualidad de la grasa de cerdo -derivada por medios tradicionales- para hacer hojaldres crujientes y masas sabrosas. Lo mismo se logra con lípidos hidrogenados. Pero el novel pastelero corre el riesgo de que sus confites ganen fama de insalubres. Ello en parte ha ido cambiando el rostro malsano que cobró el sebo porcino.
En cuanto a Puerto Rico, con todo y los mensajes médicos que demonizan el consumo de manteca, algo siempre va a prevalecer: una alcapurria es más crujiente y sabrosa en cuanto menos procesamiento tiene. Ello vale también para la grasa en que se fríe, sobre todo la que se obtiene de cerdos de crianza.
Es posible que una mirada a la historia culinaria de Puerto Rico acabe santificando el derivado más útil del noble cerdo: la manteca.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
“A mamá que le mande una cebollita... Dile que sea la más chiquita”
La cebolla deriva su nombre del latín cepulla . Pertenece a la amplia familia del genus Allium , estirpe que tiene más de 600 especies. En...
-
S e cree que este arbusto frutal es endémico de Colombia , Venezuela , las Guayanas y Surinam. Si así es, el quenep...
-
Pana de pepita A principios de mayo, la profesora Melissa Fuster, autora del blog Comida Studies , me invitó a ofrecer una char...
-
Gandúl, acuarela de Agustín Stahl, 1883 El Cajanus cajans , legumbre llamada gandul en Puerto Rico, es el fruto envainado de un arb...






