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miércoles, 8 de abril de 2020

Tasting Food Tasting Freedom: los feminismos y la cocina profesional(notas para Perla Hernández)


...Tasting Food Tasting Freedom...
Así como las relaciones de género son problemáticas en diversas instancias sociales, también lo han sido en el campo de la comida/cocina. Creo que aquí (en la comida/cocina), las relaciones han sido aún más problemáticas en términos de “las
identidades” femeninas.  Creo que debes deslindar el asunto en dos campos:     
  1. La cocina practicada por mujeres en el espacio doméstico privado como forma de reproducción de una familia.
  2. Y la cocina profesional practicada por mujeres en restaurantes en el espacio público
Mujeres, cocina y espacio doméstico
Respecto al primer campo los más avezados en el tema se han preguntado lo siguiente: ¿Cocinar en el espacio doméstico presenta a las mujeres una forma de apoderamiento o por el contrario, de esclavitud? ¿Ha sido una forma de agenciación o de objetivación (fijación de una identidad subalterna en la casa)? ¿Ha sido placer o ha sido angustia?

Es incuestionable que la cocina como reproducción ha sido una tarea históricamente femenina.
Pero no hay que dudar que también ha sido una forma de agenciación y de toma de control de uno de los asuntos más importantes del espacio doméstico: proveer comida y consumir.Esta función también ha sido importante en nuestra historia social: las esclavas cocineras tenían un espacio de libertad al poder producir alimentos (en épocas estrictamente agrícolas); seleccionar los alimentos, transformarlos en comida (o sea cocinar); y dar de comer a sus amos.
Lo mismo ocurría con otras mujeres cocineras no esclavas que lo hacían en una casa privada por un salario, o por recibir cuidado médico de la familia para la cual cocinaba, o por tener dónde vivir y criar sus hijos.

Igual pasaba- y aún ocurre- en otra esfera de la producción de comida – en este caso en el espacio público- si miramos el papel de cocineras de fritanga en nuestros famosos chinchorros de costa y «alcapurreo» como medio de ingreso. Todo esto, claro, es una forma de apoderamiento.

Pero ello no debe confundirse como una forma de enrasar las desigualdades de género o las visiones patriarcales del discurso culinario machista. La situación que trato de describirte se mantendrá hasta bien entrado el siglo pasado (1960`s aproximadamente.)

Igual ocurrirá con las mujeres amas de casa de clase media y media alta de la posguerra (1945- 1965). Aun cuando hubo unos avances tecnológicos - la estufa y el horno eléctrico, la lavaplatos, el Osterizer, la comida enlatada, los TV Dinners-
que «suavizaban» la cocina de reproducción familiar, la considerada por muchas amas de casa como monótona y angustiosa-, las relaciones desiguales de género al interior doméstico continuaron. Incluso pienso que se reafianzaron más debido al imaginario de «cocina fácil» conformado por la publicidad de industria de electrodomésticos dirigida a las mujeres. Y, es más, por la imagen de «mujer moderna» que la narrativa publicitaria de los recién inaugurados supermercados representaba para las amas de casa.  Proveer la alacena de la familia comprando en los supermercados modernos era un avance.  Pero, otra vez te aclaro. Mi opinión es que cocinar siguió siendo una forma de agenciación femenina en el espacio doméstico aun cuando los aparatos tecnológicos y salir de compras no enrasaran las desigualdades.
La época baby boomer¿Entonces cuando comienza a enseñar sus primeras fisuras este modelo? Pienso – otra vez, es mi opinión- que con la crítica feminista a partir de la Guerra de Vietnam. Es en este momento que el ataque frontal del feminismo «baby boomer» a la cocina -como actividad esclavizante, monótona, carente de placer y agobiante -empieza a quebrar el modelo y comienza a legitimar una crítica contra la actividad culinaria doméstica, usándola como punta de lanza para criticar el patriarcado y las relaciones desiguales de género al interior del espacio doméstico.

Pero como han indicado algunos comentaristas contemporáneos – entre ellos mujeres feministas-, en este período ocurre algo. La cocina, en términos absolutos-, comienza a verse como la victimaria de las mujeres y como una de las causas más determinantes – si no la más determinante- de la reproducción de las desigualdades de género en el espacio doméstico.  Esto es interesante porque en el caso de Puerto Rico hubo mujeres cocineras domésticas desde mediados de los cincuenta se convirtieron en “celebrity domestic chefs” de televisión divulgando sus artes culinarias domésticas en “público” en programas televisivos que se hicieron famosos. Tal es el caso de Carmen Aboy de Valldejuli y su programa Cocina con Pueblo (el supermercado).
Volviendo a la línea de argumentación, este punto - o este momento histórico del feminismo- puede verse, a mi juicio, desde dos perspectivas: Por un lado, como determinante en el inicio de una noción de igualdad entre hombre y mujer en el espacio doméstico, compartiendo roles y responsabilidades, y como determinante en la ruptura de lo que se llamó la mística femenina (anticuada y patriarcal). Fue a
Betty Friedan
 La Mística Femenina
(1961)
partir de Betty Friedan La mística femenina (1961) que comienzan a valorarse las capacidades creativas de la mujer fuera del espacio doméstico como forma de empoderamiento y medio para una nueva identidad femenina. Esto pensaba Friedman, sin entrar en contradicciones con la “feminidad” y las tareas domésticas, que claro, Firedan consideraba debían ser compartidas entre hombre y mujer. La ideología de Friedan se adelantó en la juventud con los movimientos de liberación de los 60`s 70, los movimientos pacifistas contarios a la Guerra de Vietnam, el movimiento Black Power, y el «hippismo» entre otros. Puerto Rico, por su relación colonial cultural con USA, no estuvo ajeno a estos movimientos, sobre todo los llamados «counter cultures» que se hicieron patentes entre las juventudes de clase alta y media alta,  burguesas y reformistas.   

Pero, por otro lado, creo que la crítica feminista más radical, la que adoptó a su favor la frase de Friedan sobre que «No woman gets an orgasm from shining the kitchen floor»  provocará una inserción tardía de las mujeres puertorriqueñas en el escenario de la alta cocina pública o de restaurantes. ¿Quién de las jóvenes, que seguían el «main stream» de entonces, querría educarse para trabajar en un espacio culinario profesional históricamente dominado por hombres, y que además se entendía, en términos generales, como el victimario de las mujeres?  
Con todo, el feminismo de los 60 y 70 abrió las puertas a la realización de una identidad femenina creativa, capaz de trabajar junto a los hombres en el espacio público y capaz de denunciar la subalteridad laboral.
La democratización de la alta gastronomía y las primeras chefs: 1970-1980
Restaurantes de alta gama como el Swiss Chalet, el Zeeperle, Le Pavillion, Le Carrouselle, y el Top of the First -para darte unos ejemplos-, se habían establecido en Puerto Rico antes de los 1970. Igual, un grupo de «gourmands» y cocineros profesionales (todos varones, y muchos de ellos de origen extranjero),  había florecido alrededor de las posibilidades que ofrecía el proyecto turístico hotelero del gobierno (1949-1960) a la experimentación con una “cocina internacional” de alta gama.  De la misma forma y en el mismo contexto histórico, antes de los 70 hubo comentaristas gastronómicos en los rotativos y en algunas revistas, como  la artista Helen B. Tooker, y el escritor  Arnaldo Meyners, por ejemplo.
Pero la década de los 70 marcará algo sin precedentes. La aparición de Paco Villón (José Luis Díaz de Villegas, 1925-2013) como comentarista gastronómico en una columna semanal en la revista dominical Índice del periódico El Nuevo Día, y con su la serie televisiva La Cocina de Don Paco en WIPR TV. En ambos medios, Don Paco -como se le conoció- no solo reseñaba los restaurantes de alta categoría, sino que además comentaba sobre fondas y la comida simple y generosa del Caribe. Además estableció un canal de comunicación entre él y sus sus lector@s – la inmensa mayoría mujeres- con la sección periodística Pregúntele a Don Paco, en la que ofrecía recetas novedosas, fundamentos de cocina, técnicas culinarias y enología. Paco Villón, me parece, democratizó el saber culinario profesional, creando un foco de atención sobre algo que antes era de iniciados. Villón, pues, provocó un interés culinario más amplio a otros grupos sociales, incluyendo a las mujeres.

El papel de Afredo Ayala
 Los primeros asomos de las mujeres chefs comenzaron a presentarse en el novedoso restaurante Ali-Oli, establecido por en 1981 por Alfredo Ayala – considerado por algunos como el chef que originó la cocina «nouvelle criollo».  Habiendo trabajado en restaurantes en San Francisco en  década de los 70 se familiarizó con la apertura del restaurant Chez Panise  de Alice Watters, y su nueva visión sobre la comida y la importancia de una relación colaborativa con agricultores y cociner@as. Ayala trajo a Puerto Rico una nueva visión sobre la cocina y posiblemente sobre el trabajo culinario de las mujeres.  Que yo tenga conocimiento, es en este restaurant – cuando pasó a establecerse en el Hotel Excélsior en Miramar- donde se inició la primera mujer. Fue Giovanna Huyke. 

Chef Giovanna Huyke
considerada como la chef que
 dió continudad a la nouvelle criollo
Estoy seguro de que la conoces y merece que le hagas una entrevista para clarificar este dato.  De San Francisco Ayala llegó a Puerto Rico con nuevas ideas sobre cómo hacer cocina puertorriqueña tipo «nouvelle». En un momento – que debes clarificar si entrevistas a Giovanna- reclutó a Huyke, que venía de adquirir experiencia en restaurantes de Luisiana y en restaurantes neoyorquinos, y en Puerto Rico se convirtió en “sous chef” tanto con Ayala como con Augusto Schreiner en el Caribe Hilton. Giovanna luego estableció su propio restaurante en el Viejo San Juan: el memorable y original restaurant Amadeus.
Chef Marisol Hernández
Posteriormente la figura de la chef Marisol Hernández, que también estuvo bajo la mentoría de Augusto Schreiner. Según su biografía, ella fue la primera mujer en ser chef ejecutiva en un hotel de alta categoría (aunque no aclara en cuál).

Los feminismos

En realidad se me hace bien difícil establecer la relación de los distintos feminismos (el primero de derechos sufragistas, el segundo focalizando en la desigualdad en el espacio doméstico, en el trabajo profesional y en los derechos reproductivos de las mujeres; y el tercero, que propone redefiniciones sobre el feminismo), con el ascenso de las mujeres a posiciones importantes en la profesión culinaria. ¿Hasta dónde los discursos feministas trascienden las fronteras de la identidad o las identidades femeninas cómo para fomentar una conciencia sobre sus posibilidades en el mundo del trabajo culinario? ¿Es el interés de las mujeres en la alta cocina profesional un gesto de «ser lo que uno quiere ser» -como dijo Giovanna Huyke al referirse a su entrada al mundo culinario-  sin importar en el fondo que el predominio del varón en la cocina sea un atentado plausible a su desempeño? ¿Hasta dónde el feminismo de la tercera ola concientiza a las mujeres sobre la posibilidad de reaccionar al masculinísimo y el egocentrismo de los chefs, a la vez que no encuentran contradicciones en identificarse con una profesión históricamente «gender coded» por el segundo feminismo?
Chef Natalia Vallejo
de Cocina al Fondo
En cuanto al trabajo profesional culinario femenino ¿lleva el tercer feminismo a que las mujeres cuestionen la «objetivación” de feminismo radical de la segunda ola, argumentando que ellas no tienen problemas de identidad de género- incluso si son heterosexuales- en escenarios con una cultura laboral masculina? Por ejemplo, no encontrar conflicto que te recluten y te asignen la repostería o pastelería en un restaurante, aun a sabiendas de que este campo es increíblemente «masculine gender-coded» (mujer «sweet» que cocina con el corazón/ hombre «strong» que cocina con la cabeza), y se asocia con la cocina de la casa? Sobre este punto hay una celebrada chef londinense Nigella Nawson que dijo, en abierta crítica al feminismo:

«I also feel that to denigrate any activity because it has traditionally been associated with the female sphere is in itself anti-feminist»

  Así que me parece que los ejemplos de Huyke y Hernández se mueven por la línea del tercer feminismo. No obstante, es bien difícil saber cuán sintonizadas estaban ellas con los movimientos y los principios de los tres feminismos. Esto habría que corroborarlo con entrevistas a cada una.    

En el Puerto Rico contemporáneo hoy hay un sinnúmero de institutos que ofrecen preparación académica en artes culinarias, algo que no existía tan marcado en la época del ascenso de las primeras chefs (en efecto, ambas estudiaron artes culinarias fuera de Puerto Rico). Por lo tanto, hoy hay numerosas posibilidades para las mujeres entrenarse profesionalmente en la alta cocina. Pero de aquí a la a ser una celebrity chef- independientemente de que no encuentre contradicciones en su feminidad- sigue aun siendo cuesta arriba debido a otros factores estructurales y culturales.  Por ejemplo, el main stream de los medios consideran que capitalizan mejor proyectando una imagen de la chef -aun cuando sea propietaria de restaurantes y chef ejecutiva- como una cocinera hommey y todos los matices que ello rodea. 

De la misma forma a veces no es la industria mediática o el medio ambiente de las cocinas profesionales (el “back stage” con una fuerte cultura de trabajo masculina), sino las perspectivas sexistas imbricadas también en el “capital cultural culinario” de los comensales.  Se trata aún de la prevalencia del imaginario culinario masculino centrado en la división por género del trabajo doméstico, según el cual la mujer es mejor cocinera doméstica que cocinera profesional. Es decir, los varones son mejores chefs porque cocinan con la cabeza, y no con el corazón. Esta perspectiva muchas veces lleva a que las chefs con educación culinaria profesional sean reclutadas como pasteleras o cuanto más lleguen a ser sous chefs, pero no chefs de primera fila o ejecutivas.

Otro punto argumentado por los comentaristas respecto a por qué no hay tantas mujeres chefs, se relaciona con la biología femenina. Así pues, algunos hombres propietarios de restaurantes piensan que las más avanzadas chefs – como toda mujer- podrían, en algún momento, optar por la maternidad, y si esto ocurre, el propietario varón podría perder un recurso valioso capaz de dar prestigio a su restaurant.  Es decir, el propietario reconoce la capacidad técnica y creativa de la chef- igual o mejor de la de cualquier hombre- pero piensa que le puede crear una situación laboral administrativa. Por lo tanto, preferiría a un chef varón con igual capacidad, pues es predecible que no tenga que negociar la maternidad con el jefe y por lo tanto no  pone en precario la estabilidad productiva del restaurante.

Estas y muchas más situaciones- ¡hasta el acoso sexual!- pueden estar ocurriendo en la alta cocina puertorriqueña y en el entre juego de las relaciones de género en el mundo de la alta cocina. Pero claro, hay mucho por hacer. Y en cuanto a ti como reportera, hay mucho por investigar.

    Recomendaciones:
Dominique Crenn,
Mejor Cocinera del Mundo en 2016

Lee estos dos reportajes sobre Dominique Crenn, muy ilustrativos de su crítica al patriarcado culinario cuando la sociedad debate el ascenso de las mujeres contemporáneas a las cocinas profesionales, incluso a ser ejecutivas de sus propios restaurantes.  Yo tuve la oportunidad de conocerla en San Sebastián (País Vasco) en el Congreso Diálogos de cocina 2017. Es chef muy creativa y con una muy elevada conciencia de la cocina profesional vista desde el tercer feminismo.
https://www.eater.com/2017/4/3/15160840/dominique-crenn-worlds-50-best-sexism-motherhoodhttp://www.foodrepublic.com/2018/02/05/dominique-crenn-celebrates-female-chefs/ Leer este ademáshttps://gastronomica.org/2010/02/05/why-are-there-no-great-women-chefs/Por último te recomiendo este blog: Feminst Kitchen https://thefeministkitchen.com/2011/07/18/guest-post-a-sociological-study-of-why-so-few-women-chefs-in-restaurant-kitchens/Ahh. Y el siguiente libroDeborah Harris y Patti Guiffre, Taking the Heat: Women Chefs and Gender Inequality in the Professional Kitchen, CUNY, 2015.¿Qué cosas debes hacer para darle solidez a tu reportaje?     
  1. Documentar cuántas mujeres hay estudiando artes culinarias en los institutos culinarios de Puerto Rico ( UNE, Escuela Hotelera de San Juan, Hotelera de la UPR, Instituto de Banca)
  2.  Documentar en que ramas de las artes culinarias se especializan ( hay una tendencia a la pastelería).
  3. Documentar cuántas mujeres chefs hay en posiciones ejecutivas actualmente.
Éxito.
The Foodstorian


viernes, 15 de noviembre de 2013

El recetario de Inés Maria Mendoza



Al día siguiente de conmemorarse el tercer aniversario del Estado Libre Asociado, y a sólo tres meses de que asumiera la turbulenta presidencia de Panamá, Ernesto de la Guardia Jr. fue invitado por Luis Muñoz Marín a una cena en su honor en el Palacio de Santa Catalina. Es imposible conocer de cuáles  asuntos políticos  conversaron en la sobremesa.
 
Menú de la cena en honor a
 Ernesto La Guardia Jr.
Inés Maria Mendoza
clioenlinea.blogspot.com
No obstante, sí es posible saber qué comieron, o al menos qué se sirvió a la mesa. He aquí algunos de los platos. De entrantes se ofrecieron tres opciones,  Aspic de Foie Gras, Consommé Vivianne, y Vol-au-Vent de Pecheur ( pecheur; pescador, hojaldre relleno de mariscos). De plato fuerte, Filet de Boeufs Sauté Chasseu (solomillo de res salteado a la cazadora),  Pommes Parisienne (bolitas de patatas salteadas en mantequilla clarificada), y Haricots Verts  Lyonaisse (habichuelas tiernas, salteadas en mantequilla de ajo, con cebollas caramelizadas  sazonadas con nuez moscada, tomillo y vinagre de vino). Se sirvieron tres tipos de vino: Reisling, Chateaux Margaux, Champagne.[1]

Igual, es posible saber qué ofrecieron al presidente de Venezuela Rómulo Betancourt y su esposa, Carmen Valverde, el 18 de febrero de 1963. En esta ocasión la comida fue  más generosa, obligada por la amistad que unía a Luis Muñoz Marín con Betancourt. Constó de seis servicios, pero no se bebió vino, sino licores al final de las delicias. Para no abrumar, sólo transcribo unos cuantos: Dos entrantes a elegir; Bouquet de Fruits Ceriseette en coupe arrosé de Cointreau  (ramillete de cerezas en copa rociada de Cointreau)  o Tourtue Clair Palliettes Dorées( tortuga clara, limpia cubierta de hojaldre); Coq au Vin Bourguignonne  (pollo a la Borgoñona, hecho con de vino tinto, cebollas, tocino y  setas cocido a fuego lento) con Riz Sauvage ( arroz salvaje) y Printaniére de légumes frais ( legumbres frescas de primavera) y, para no abrumar con los postres y el café Moka, un quinto plato: L`Omelette Surprise Norvégienne Flambé au Courvoisier (tortilla a la francesa flameada al coñac).[2]
 La retórica de ambos menús hace imaginar que en lugar de los humos y los olores estaba el chef   Henry Corona, quien  popularizó la cocina francesa en Puerto Rico, que los convidados son conocedores de la cocina internacional, especialmente de la francesa, que hablan y leen el idioma francés y son gourmands rigurosos.
Incluso las dos cartas sugieren que los platos se sirvieron a la mesa siguiendo el modelo “a la rusa”, empleado siempre en banquetes y que requiere un personal de servicio altamente entrenado. Ello conlleva unos comportamientos  de mesa más bien rígidos, protocolares y autoritarios.
Se me hace complicado plantearme qué  pensaría la Primera Dama Inés María Mendoza, una mujer que, en una carta de 1958, loaba las delicias de un cafetín, situado a orillas del camino entre Comerío y Barranquitas, en estos términos:
  ¿Qué lo hace tan bueno?  Pues que cocina –ella misma- una criolla que entiende del sazonar la habichuela, de guisar el tasajo que se ha dejado en agua la noche antes y se sirve con mucho pimiento verde y recao del monte.  Que el cabrito es tierno como para la familia, hecho con cabezas enteras de ajo y hoja de laurel.  Que la longaniza se hace en la casa y se cuelga en la cocina, que la morcilla no tiene un loco pique ni demasiado arroz.  Que siempre hay garbanzos con patitas, blancos, despellejados. Que el arroz es con gallina del país, sabrosa en enjundias y de gustosas presas.  Que la serenata de bacalao tiene grandes ruedas de cebolla, pedazos de huevo duro, papas, mucho aceite bueno y que la sirven con bien hervida y caliente vianda de yautía amarilla, mafafo, ñame blanco y plátano flaco.  Que la carne mechada está bien embutida de jamón y adobos y servida en abundante y espesa salsa junto al granoso arroz con tocino.  Que el tostón y el mofongo los sirven calientes, acabados de hacer.  Que el pastel es de masa suave, nunca ciego, con buen relleno.  Que el lechón es de la finca, flacón, tierno, pequeño, asado en vara, resobado con ajilimójili que no lo deja resecar.  En fin, delicias del detalle, de lo que busca todo arte perfeccionándose, exquisitez de querer hacer las cosas bien hechas, “como si fueran para uno mismo”.[3]

Todo lo que he dicho arriba sobre las cenas de Estado  contrasta mucho con lo que trasluce un pequeño recetario de cocina de Inés María Mendoza, joya que se conserva en Trujillo Alto en la biblioteca de la casa que habitaron Luis Muñoz Marín e Inés María Mendoza desde 1946.

Quien haya visitado la casa sabe que ella es cómoda, pero no pretenciosa. Desde afuera, la imaginación de la “vida buena” de la ideología muñocista se siente más allá del  montaje museístico que se le ha hecho. No cuesta mucho imaginar que ella fue una frontera que separaba el gesto y la palabra pública del gesto y la palabra privada. No es difícil suponer que aquí ambos regresaban a un espacio en el que lo hablado podría ser, para usar un pasaje de Luce Giard, “más bien simple, ordinario y preciso”[4].
Posiblemente en la cocina de la casa, a diferencia de lo que podía ocurrir en las cenas de Estado, Inés  o su cocinera, creaban el puente para tramar, con  gestos culinarios, un ámbito interdependiente y participatorio entre hombres y mujeres, transformando el sentido trivial y ordinario asignado por la cultura patriarcal  a la transformación de la naturaleza en cultura, es decir, a la conversión de los alimentos en comida.[5]

El pequeño recetario  -compila sólo 19 recetas- se me antoja como una representación de ese puente.[6] Mecanografiado y con algunas notas y rectificaciones, el recetario muestra  una sintonía de Inés María con las tendencias de la llamada “cocina internacional”, tan en boga en el periodo de la modernización, y que sin duda debió experimentar en las cenas de Fortaleza en tanto Primera Dama.[7] Igual, la compilación muestra el uso de la licuadora para varias recetas, instrumento de cocina que transformó las manipulaciones culinarias tradicionales, convirtiéndose de paso en el signo de la cocina doméstica moderna.
Pero no por ello deja de ser un recetario de confecciones simples, pues, parafraseando a J.F. Revel, la cocina de expertos puede producir los platos más barbaros, confundiendo ingredientes con técnicas que no combinan, cuando alta cocina puede ser también la asociación de ingredientes comunes para producir platos sabrosos que sólo el esmero (proper skill en el original) es capaz de realizar. [8]

Por eso comparten las páginas recetas difíciles de la cocina internacional junto a  recetas simples, tradicionales y sin pretensiones de la cocina histórica puertorriqueña. Así encontramos confecciones complejas  en tiempo y en técnica, como la Salsa Alexandre, que pide hacer una  velouté (literalmente salsa  aterciopelada, una salsa blanca espesa hecha con harina, mantequilla, y caldo de pollo), e ingredientes caros – o cuando menos difíciles de conseguir en el mercado al detal de entonces, como los echalotes, crema espesa y setas- , para finalmente servirse sobre pollo. O igual, soufflé de queso y maíz.
 Pero también majados de batata, de plátano maduro, de calabaza y de zanahoria (tan en boga hoy día como si fueran novedades), pasados por el Osterizer, y el uso de productos humildes como el berro, transformado  en salsa para aderezar un fiambre de pollo que llegaría a la boca frío y en rodajas.  También berenjenas guisadas.

 Esa simpleza culinaria, que no por ello deja de ser artística y llena de afectos, la valoraba Inés como un bien cultural que debería sostenerse ante las contradicciones de la modernización. Es por eso que en la misma carta de 1958 anota lo siguiente:

En Puerto Rico se está perdiendo el arte de cocinar lo nuestro bien.  No se consigue una garbanzada en el Caribe Hilton ni una almojábana en el Hotel Condado ni un arroz con habichuelas en el Swiss Chalet.  Es más, no se concibe que lo haya.  ¿Qué derecho tienen estos grandes hoteles y restaurantes de privarnos de nuestros requetesabrosos platos criollos?  Sus dueños deberían saber que al viajero nada le gusta más que probar la comida de la tierra que visita,  bien hecha.  Y si los chefs no saben hacerla, que aprendan.  Así se hicieron buenos cocineros, aprendiendo. A ver cuándo empiezan.[9]
Receta de Merengón
Las anotaciones manuscritas, casi siempre para rectificar una receta, hacen pensar que el acto  culinario ejercido por Doña Inés – y posiblemente por sus ayudantes o familiares- eran  actos comunicativos en los que se compartían secretos y complicidades culinarias, muestras ellas de que en el acto de cocinar hay un lenguaje y un cuerpo de conocimientos que “la más detallada de las recetas no nos comunica.” [10]
Así, la receta del postre que se nombra Merengón, tiene cuatro rectificaciones: una trata sobre la temperatura del horno, en la que de 350 grados se rectifica a 450. Otra del recipiente de cocción, en la que se clarifica que debe usarse “un molde de tubo en el medio”; otra que va dirigida a proponer la opción de imprimir aroma y sabor añadiendo a la confección un toque de “rayadura de la cáscara de un limón pequeño verde”; y la última,  que va dirigida a dar lustre y protección al caramelo, y que dice “póngale mantequilla al molde acaramelado” antes de ponerlo al horno.

   Doña Inés describió a la cocina como aquel lugar doméstico “que es más sala que la sala…donde más se vive y se disfruta de la familia”. Su pequeño recetario bosqueja una relación cordial con los alimentos y la cocina, y su organización  traza una puesta en escena de la actividad culinaria como  ejercicio de reflexión lleno de afectos. Es, en el fondo, un saber hacer la vida en forma tal que la comida dibuje el puente  para que  quien cocina y quien come se sientan interdependientes. No es casual que el insospechado recetario, escrito, rectificado  y usado por Inés en el lugar de los humos y los olores, esté rubricado en la portada, al fin y al cabo, con las iniciales  de Luis Muñoz Marín.




*Esta pieza no se hubiese escrito sin colaboración del Sr. Julio Quirós, director del Archivo Histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín.
[1] Archivo Histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín (FLMM), Sección 5, Gobernación, Datos de Fortaleza, Cena  en honor al Excelentísimo Señor Ernesto de la Guardia, hijo, 26 de julio de 1956.
[2] Ibid. loc.cit., Cena en honor a su Excelencia el Presidente de Venezuela y la Sra. de Betancourt, 18 de febrero de 1963.
[3] FLMM, Archivo Inés María Mendoza  (AIMM), Serie 3, Carta de Puerto Rico, núm. 204, febrero de 1958. Secciones de esta carta aparecieron publicadas en 2010 en la excelente compilación y edición realizada por las  profesoras Lilliana Ramos Collado e Ivette Fred Rivera. Véase, Ramos Collado, L , y Fred Rivera, I., Largo saber, breve palabra, FLMM, 2010, 172 pp., p. 118.
[4] Luce Giard, L, “Doing Cooking”; en: de Certeau M. y Giard L. eds. The Practice of Everyday Life, Minnesota, 1988, vol. 2, p. 199. También, el genial estudio de Sarah Bak-Geller, Habitar una cocina, México, Universidad de Guadalajara, 2006, pp. 13-27.
[5] Curtin, Deane, “Food, Body, Person”, en: Curtin, D. y Helke L. eds., Cooking, Eating, Thinking: Transformative Philosophies of Food, Indiana U. Press, 1992, 386 pp. pp.16-20.También, Theophano, J., Eat My Words: Reading Women`s Lives through the Cookbooks They Wrote, Palgrave, 2003, 362 pp., especialmente capítulo “Cookbooks as Communities”, pp. 11-48.
[6] Archivo Histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín (FLMM), Colección Residencia Muñoz Mendoza, Sección Libros, Recetas de cocina.
[7]El término “cocina internacional” tiene dos acepciones entre los historiadores especializados en la gastronomía. Una de ellas, que es la que nos ocupa aquí,  es aquella  en la que  “los chefs saben sacarle partido para integrar, remodelar, repensar y reescribir los platos de todos los países y de todas las regiones…”.J.F. Revel, Un festín en palabras: historia literaria de la sensibilidad gastronómica desde la Antigüedad hasta nuestros días, Tusquets, 1996, p.209-210.  En Puerto Rico, la cocina internacional vino adosada al proyecto turístico de la Compañía de Fomento ciertamente, pero no se puede subestimar el papel que jugaron gourmands, cocineros , decoradores y hosteleros llegados por vía de Cuba durante la década 1950-1960, muchos  de origen europeo, otros europeos residentes en la Habana, otros norteamericanos y otros cubanos exiliados de la Revolución. Durante esos años florecieron en San Juan restaurantes como El Swiss Chalet (platos iconos de la cocina suiza, pero además de otras cocinas regionales vecinas, especialmente del norte de Italia), Le Carrouselle (comida francesa), El Zipperle`s (especialidades alemanas, españolas y puertorriqueñas), La Zaragozana (comida española, cubana y puertorriqueña), Cathay (todavía en operaciones, y entonces especializado en comida cantonesa), entre muchos otros.Véase,Picot, L. ed., Gourmet International Recommended Restaurants of Puerto Rico, Gourmet International, 1961, 72 pp.
[8] J.F. Revel, “Culture and Cuisine”, en: Curtin y Heldke, Cooking, Eating, Thinking. p 145.
[9] FLMM, AIMM , Carta de Puerto Rico, febrero de 1958.
[10] Giard, “The Rules of the Art”, en: The Practice of Everyday Life. p. 215.

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